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FAROS "MALDITOS"



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FAROS "MALDITOS"

Más Allá de la Ciencia nº 222

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Los faros han sido asociados con lo místico, lo misterioso y lo trágico por encontrarse localizados en lugares aislados y escarpados y por ser testigos con frecuencia de cruentos naufragios. En torno a ellos se han tejido multitud de leyendas, que se funden con la realidad.

“Hasta entonces ninguna luz alumbraba aquellos parajes desde la entrada del estrecho de Magallanes, en el cabo de las Vírgenes, sobre el Atlántico, hasta su salida al cabo Pilar, en el Pacífico. El faro de la isla de los Estados iba a prestar un incuestionable servicio a la navegación.” Así describía Julio Verne la puesta en funcionamiento de un faro en su novela El faro del fin del mundo (1905). “No existía ningún otro en el cabo de Hornos y el recién inaugurado iba a evitar seguramente no pocas catástrofes”, proseguía Verne, resaltando la importancia vital de aquella luz en el punto más austral de la tierra, una zona de aguas muy peligrosas para las embarcaciones debido a sus vientos huracanados y la presencia de icebergs.

LAS PRIMERAS CONSTRUCCIONES
Desde entonces ha transcurrido un siglo y muchos faros del mundo han sido automatizados, pero tanto ellos como la figura del farero –expuesto a los peligros del mar y a los piratas al igual que el valiente Vázquez de la novela de Verne– siguen siendo una inagotable fuente de inspiración de leyendas. La más antigua se refiere al Coloso de Rodas, representado desde el siglo XIII enarbolando una gran antorcha y con las piernas abiertas para que los barcos pudieran pasar entre ellas al puerto. Lo más probable es, sin embargo, que el Coloso no fuera un faro, sino una estatua con las piernas unidas que daba identidad al puerto y a la isla.
Tan mítico como el de Rodas fue el faro de Alejandría, situado frente a la ciudad en la isla de Faros, al oeste de la desembocadura del río Nilo. Su origen se relaciona con la conquista de Egipto por Alejandro Magno. Fue construido durante el reinado de Ptolomeo II y medía supuestamente unos 180 m de altura. Tenía una base cuadrada y una pequeña mezquita en lo alto desde la que se proyectaba la luz, que podía divisarse a unos 40 km en las noches con buena visibilidad. Hasta su destrucción en el siglo XIV estuvo considerado la séptima maravilla del mundo y no sólo dio lugar a una de las más ricas mixtificaciones de la historia del arte, sino que su “luz” adquirió importantes connotaciones religiosas.
Al referirse a este faro, el historiador William Hauptman ha señalado que “la luz que orienta en la noche a los navegantes podría constituir un símbolo de la verdad predicada por Cristo o de la Iglesia, que con su doctrina impide el naufragio de las almas”.

HOGUERAS EN LA NOCHE
Esa mágica “luz” del faro en ensenadas o cabos, que en sus inicios fue una primitiva hoguera, tuvo tal relevancia para los marineros que éstos le rendían culto y edificaban templos en su honor. Numerosas leyendas y costumbres rememoran la existencia de esos fuegos ancestrales. En Galicia, tierra de faros por excelencia, hay lugares como O Roncudo, en Corme (Cabo Villano), donde en Navidad todavía se enciende el “fuego nuevo” que permite, según cuentan las viejas historias, que las almas de los marinos ahogados puedan llegar a puerto.
Los romanos, grandes constructores de estos proyectores de luz, alimentaban sus faros con leña o aceite de oliva en puntos tan alejados entre sí como España, Italia, Francia, Inglaterra, Grecia, las costas de Asia y el Norte de África. Hay confirmación documental de la existencia de al menos veinte faros romanos en monedas, grabados, mosaicos y citas históricas, que los describen como torres de diversa estructura muy diferente, en función de su emplazamiento. Muchos de ellos fueron destruidos por terremotos –como el famoso faro de Capri, que desapareció a finales del reinado de Tiberio–, pero todavía queda alguno en pie, como la Torre de Hércules en Galicia.
Con la caída del Imperio Romano se interrumpió la construcción de nuevos faros, pero en los siglos posteriores el desarrollo del comercio favoreció su proliferación en toda Europa.
La verdadera iluminación costera se inició con la edad moderna gracias al aumento de las relaciones comerciales y del tráfico naval. En 1600 las costas de Escandinavia y Alemania y la ruta desde Báltico al Mar del Norte se convirtieron en las mejores iluminadas de entonces, mientras que en el resto de Europa el alumbrado marítimo era todavía casi inexistente. Incluso aunque hubiera faros construidos, no siempre se utilizaban con el objetivo de orientar a los navegantes, ya que las comunidades costeras se beneficiaban con los naufragios. Las leyendas locales de Lizard (Cornualles, Reino Unido) cuentan, por ejemplo, que el motivo real de sir John Killigrew para construir el primer faro en 1619 fue atraer a los barcos hacia las proximidades de la orilla, donde eran presa fácil de la banda de piratas que capitaneaba.
Asimismo, los relatos tradicionales bretones, gallegos e ingleses narran que los lugareños ataban antorchas a caballos o vacas para atraer a los barcos a las rocas. Otras veces los faros o almenaras se encendían por misteriosos motivos, como ocurrió en las islas Flannan, situadas al oeste de las Hébridas Exteriores. La reputación tenebrosa de este archipiélago creció en 1900 cuando los barcos informaron de que no había luz en el faro. Las investigaciones llevadas a cabo confirmaron que su maquinaria funcionaba perfectamente, pero que no se encontró rastro de los tres fareros residentes. Excepto en casos como éste, las narraciones sobre falsas luces en los acantilados raramente están comprobadas. Muchas de las historias surgieron probablemente en la primera mitad del siglo XIX como producto de la imaginación romántica seducida por lo pintoresco y lo trágico.

MIEDOS Y SUPERSTICIONES
En la segunda mitad del siglo XIX, edad de oro de las señales marítimas, el impulso a la construcción de faros fue definitivo. Ahora, en el siglo XXI, la implantación de sistemas automáticos ha ido desplazando a los antiguos fareros. Ignacio Fernández recuerda con nostalgia esa época: “Fui farero durante unos años inolvidables. Ahora trabajo para que los faros sigan estando ahí y me gusta pensar que, indirectamente, aún sigo siendo su cuidador. Cuanto más abrupta es la costa y más difícil el acceso al faro, más grande es la admiración que se siente por ese proyector, que desafía los elementos, y por los que permanecen en él todo el año para asegurar que su luz no falte ninguna noche”.
La realidad actual es bien distinta. Los fareros ya no son necesarios, aunque las leyendas sobre ellos y sobre los faros tal vez no perezcan nunca, como tampoco lo harán sus miedos y sus supersticiones.
Por ejemplo, algunos antiguos fareros no silbaban porque creían que hacerlo enfadaba tanto al diablo que provocaba las temibles tormentas que, con sus rayos y sus relámpagos, han aterrado a muchos de ellos, sobre todo en las islas. Asimismo, muchos fareros consideraban que el viernes era un día desgraciado para hacerse al mar. Por el contrario, darle la vuelta a una gran piedra suponía atraer vientos favorables para la navegación. Los fareros también temían la llegada de aves desconocidas a sus islas, pues lo consideraban signo de mal agüero. Para protegerse de la mala suerte y ahuyentar a los malos espíritus, llenaban de agua los cubos y colgaban herraduras en las puertas.

MÁS DATOS EN:
VisitBritain.
Tel.: 902 17 11 81.
www.britainonview.org

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