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Elaborado por los prestigiosos expertos del equipo de Más Allá, dirigidos por Carmen S. Fraile, Javier Sierra y Clara Tahoces.
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Jesús Callejo Cabo es licenciado en Derecho por la Universidad de Valladolid, colaborador del programa La Rosa de los Vientos en Onda Cero Radio y autor de una veintena de libros, el último de ellos publicado por la editorial Aguilar, Las profecías del tercer milenio, donde analiza, con cierta dosis de ironía, aquellas que han fracasado estrepitosamente, las que han acertado de pleno y las que aún están por venir.
La que se avecina. Preparémonos para la avalancha de videntes y profetas que nos van a decir por activa y por pasiva, a derechas y a izquierdas, que el fin del mundo es más que inminente. Cuando ya creíamos que habíamos superado la fiebre milenarista después del eclipse de sol del año 1999 y tras concluir sanos y salvos el año 2000, ahora nos anuncian que el Apocalipsis puede llegar de las maneras más insólitas e insospechadas. Hasta casi podemos elegir entre la erupción del volcán palmeño Cumbre Vieja en el año 2013 o el impacto con el asteroide Apofis en el año 2036.
Y no es un machaqueo que solo viene del mundo occidental y del ámbito cristiano. Los musulmanes están revueltos con la inminente llegada del Mahdi, su propio Mesías, que tendrá que luchar contra el Anticristo antes de que llegue la hora, que es la expresión que ellos utilizan para el Armagedón. Los hinduistas esperan a Kalki, el último avatar de Vishnú, para hacer algo parecido y los budistas, a Maitreya, que dicen que ya está entre nosotros preparando el terreno físico y mental para el advenimiento de la Nueva Era. Hay que tener paciencia.
Es una plaga de agoreros que pasarán con más pena que gloria. Ahora tienen un caldo de cultivo que se llama “profecías mayas. Año 2012”. Pues bien, nos esperan cuatro años en los que esta fecha va a salir a relucir en más de una ocasión. Incluso está previsto el estreno de dos megaproducciones hollywoodienses que tratarán este asunto del annus horribilis para regocijo de la taquilla y encogimiento de nuestro ánimo. En realidad, este fenómeno forma parte de un gran juego sociológico-cósmico. No es nuevo.
Qué va. Solo con que miremos a nuestra espalda histórica comprobaremos que la especie de agoreros y apocalípticos no está precisamente entre las especies a extinguir, sino todo lo contrario. Siempre habrá un fundamentalista religioso del signo que sea o un contactado ufológico o un canalizador de los maestros ascendidos que nos transmitirá “para el bien de la humanidad” uno de esos mensajes amenazantes. Incluso alguno dará una fecha concreta, y ahí estará su error. Lo que cuentan son los hechos, que, en términos generales, son ciertos. Lo que siempre fallan son los plazos.
Si pusiéramos sobre un tapete todas las profecías que existen sobre el fin del mundo o sobre la extinción de la especie humana entre estertores de fuego y de agua, podríamos llegar a una conclusión muy evidente: algún día nuestro planeta sucumbirá en medio de una deflagración nuclear o estallará en mil pedazos por el choque de un cometa o morirá consumido por el Sol, pero les aseguro que no será en ninguna de las fechas que nos han pronosticado. Todos los días hay fines del mundo para aquellos que mueren y, aun así, tenemos una curiosidad morbosa por saber cuándo y de qué manera nos iremos todos al carajo.
Estoy convencido del cambio continuo de los tiempos, cambios que se están produciendo cada día y en estos precisos momentos, pero no estoy convencido del fin de esos tiempos ni del mundo. Y hasta les voy a dar una fórmula para que no se produzca el hipotético Apocalipsis. A escala individual no podemos ni cambiar el mundo ni destruirlo, pero sí podemos cada uno de nosotros, con nuestros actos y nuestros pensamientos positivos, cambiar nuestro destino, y eso generará una consecuencia inevitable: que el karma del planeta cambiará también para mejor. Les aseguro que lo único que no cambia es el cambio.
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