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Horóscopos 2010 |
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Elaborado por los prestigiosos expertos del equipo de Más Allá, dirigidos por Carmen S. Fraile, Javier Sierra y Clara Tahoces.
Reportajes |
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1. La estrella de Belén2. Símbolo ancestral
Independientemente de las interpretaciones históricas y astronómicas, tras la aparente simpleza del relato de la estrella de Belén guiando a los Magos de Oriente se esconde todo un mundo de claves bajo el lenguaje del símbolo.
En todo cuadro simbólico hay varias lecturas. La escena en la gruta o el portal del Belén ejerce una extraña fascinación, una sensación de coherencia interna que parece hablarle de modo misterioso a los estratos más profundos de nuestra mente. Y rematando el cuadro, ya sea en el belén o en la copa del árbol de Navidad, iluminando la escena desde una posición privilegiada, se alza la estrella navideña.
El simbolismo más evidente de los astros es el de fuente de luz, con todo lo que ello implica: luz que disipa las tinieblas y guía a los que se aventuran o moran en ellas. Las estrellas son así representadas en el cielo de muchos templos y cuando las vemos en grupo simbolizan el juego perpetuo entre las fuerzas del orden y las del caos, la dialéctica entre la luz y la oscuridad. De hecho, el Antiguo Testamento compara estos astros con los ejércitos de la divinidad y en el Libro de Enoch se asocia un ángel a cada uno. Se equiparan, por tanto, a los habitantes del cielo, lo que los convierte en imagen de los estados superiores del ser, los estados suprahumanos simbolizados por los propios ángeles. La estrella en el portal o sobre el árbol participa de ese simbolismo. Es foco de luz, faro en las tinieblas de la ignorancia, pero ocupa además, como veremos, una posición privilegiada. Desde el punto de vista de la Teología cristiana, es la propia divinidad manifestándose como luz y guía. En otras ocasiones es asimilada al propio Cristo como divinidad encarnada que al entrar en el mundo se deja ver en la Creación. Pero sus significados no se agotan aquí. Entronca con simbolismos universales, presentes en muchas tradiciones demasiado alejadas entre sí, hasta el punto de hacer sospechar a muchos que son algo más que el fruto de una mera imitación.
La estrella guía a los Reyes Magos de Oriente y durante ese viaje parece participar de movimiento, pero cuando alcanza su posición todas las representaciones resaltan su estado hierático, de fijeza. Si hay una estrella que ha sido utilizada como guía, es precisamente la Estrella Polar. La imagen de la gruta del Nacimiento como símbolo del mundo en el que encarna la divinidad y sobre el cual se sitúa la estrella evoca inmediatamente la imagen del Universo pivotando alrededor de la Estrella Polar, a la que se compara entonces con el motor inmóvil, el primum mobile o primer motor que dota de movimiento a toda la Creación pese a ser él mismo fijo, estable, eterno, no sujeto a cambio ni devenir alguno. Y es que se la equipara nada menos que con el trono inmutable de Dios, desde el que todo lo ve. La estrella es el ojo divino. En las primeras representaciones de la Epifanía uno de los magos señala a la estrella pintada o esculpida justo encima del Niño ocupando un lugar fundamental en la escena. Pero es en las pinturas de Oriente donde este simbolismo polar se hace más evidente. En los iconos rusos o griegos la gruta del Nacimiento y el Niño ocupan el centro de la composición. Justo sobre él, por encima de la montaña, brilla la estrella, rodeada de ángeles. Desde la luminaria un haz de luz desciende justo sobre el infante divino atravesando la montaña, una columna de luz que nos remite de inmediato al pilar de los mundos, el axis mundi (eje del mundo), el pilar o columna que en tradiciones y mitos de todo el planeta sostiene a toda la Creación y actúa como canal que comunica, atravesándolos, todos los mundos. Es la vía a través de la cual desciende el influjo divino, en este caso el de la Natividad, su Encarnación. Este simbolismo aún es más claro en el árbol de Navidad, cuyo tronco es el eje que reúne todos los mundos y sobre el cual, en su cúspide, se sitúa la estrella.
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