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Lugares de poder: la energía sagrada del Matarraña
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El Matarraña posee todos los elementos necesarios para ser un enclave sagrado: escenarios ceremoniales de culturas desaparecidas, antiguos observatorios astronómicos, tumbas megalíticas, sobrecogedores grabados rupestres e, incluso, una roca “templaria”. Sin embargo, la comarca turolense destaca sobre todo por las corrientes de energía telúrica que la recorren y hacen de ella un lugar verdaderamente mágico. Diez líneas ley que MÁS ALLÁ ha estudiado en profundidad.
Matarraña, situada en el extremo noreste de la provincia de Teruel, es una de las comarcas más enigmáticas y esotéricas de la geografía hispana. Desde remotos tiempos prehistóricos, cuando se produjeron las últimas glaciaciones, en la época del hombre de Cromañón, los pueblos más avanzados de la humanidad se asentaron en estos paradisíacos valles. Ya con la condición de sedentaria, una vez cubiertas sus necesidades de subsistencia, esta gente dio rienda suelta a su instinto creativo, que se desarrolló a partir de unas creencias mágicoreligiosas estrechamente relacionadas con los astros. A ellos elevaron sus rezos para calmar la sed de las tierras en forma de lluvias, practicar la curación de enfermedades, establecer los ortos (puntos del nacimiento del astro rey durante los solsticios y los equinoccios), predecir eclipses... Todo ello, y mucho más, fue capaz de desarrollar el hombre prehistórico que colonizó esta comarca, como hemos podido determinar a través de los restos arqueológicos encontrados que salpican la geografía del Matarraña y que se conservan grabados en la roca, formando parte de enclaves sagrados. Y toda esta cosmogonía, que paralelamente registra el paso de la sociedad matriarcal a la patriarcal, gira en torno a la colina de Santa Bárbara, situada en la población de La Fresneda –auténtico ombligo cultural del Matarraña–, un lugar cargado de energía del que parten, en forma de rayos solares, diez líneas ley.
La geografía del Matarraña está cargada de fuerzas energéticas porque gran parte de su suelo está sujeto a la influencia de una corriente telúrica que comunica capas de terrenos que adquieren distintas cargas energéticas. Estas pueden generar diferencias de potencial que afectan a la percepción. Cuando esto sucede, las personas especialmente sensibles pueden llegar a protagonizar experiencias muy singulares. Son precisamente estas corrientes de energía, sumadas a la propia naturaleza del lugar, las que lo convierten en un espacio sagrado, que la sociedad seguirá considerando como tal a pesar de los cambios religiosos que se produzcan a lo largo del tiempo. No tendrá que hacer otra cosa que adaptarlo a los sucesivos cultos, alterando sus advocaciones, reinventando su leyenda y adaptando los ritos a las circunstancias culturales vigentes, de tal forma que los atributos mágicos permanezcan inalterados en su esencia. Este tipo de enclaves, muy abundantes en la geografía del Matarraña, fueron establecidos en la Antigüedad por los pueblos del Neolítico y están relacionados con antiguos centros de culto prehistórico y también de las culturas celta y medieval (templarios), enlazados entre sí a través de trazados rectilíneos conocidos como líneas ley.
Gracias a investigadores como Amador Rebullida Conesa, quien durante tres décadas estudió la colina de Santa Bárbara, y, más recientemente, Miguel Giribets Martínez, podemos calificar hoy el Matarraña como la reserva sagrada de la geografía hispana. Estas líneas ley, que parten de la colina de Santa Bárbara, ubicada en La Fresneda, se corresponden con antiguas corrientes energéticas que se desplazaban subterráneamente a través de acuíferos o bien aprovechando las grietas tectónicas que entran en fricción. Para los druidas, tales corrientes de energía no solo eran la manifestación de la vida sobre la Tierra, sino que guardaban las claves de la fertilidad. Pero, además, creían que estas líneas cruzaban el firmamento y llegaban a la Tierra para proseguir por ocultos cauces energéticos que transmitían una condición específicamente benéfica. De este modo, establecían enclaves privilegiados, que los sacerdotes celtas señalaban en forma de menhires, dólmenes, crómlechs y otras construcciones de tradición megalítica. Estos escenarios no tardaron en convertirse en centros ceremoniales en los que ofrecer a la madre Naturaleza, así como a las aguas que fluyen debajo del suelo, simbolizadas por Dana –deidad primigenia, otorgadora de la vida, y la serpiente cósmica–, los rituales de agradecimiento que cerraban el ciclo del “huevo cósmico”, repleto de nueva vida y energía. Con ello se establecía el orden espiritual en el mundo tangible.
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Parece mentira, tan cerca que lo tengo de casa y jamas havia oido hablar del tema. Normalmente prestas más atención a lo que está más lejos de casa. Estoy en Tortosa, también ciudad mágica, con restos templarios, musulmanes, cátaros, masónicos... Valdría la pena que algún dia se hiciera un reportage sobre esta ciudad milenaria.
Me despertou muito esta reportaje. Buscarei conescer o lugar. saludo.