Opinión
Una norma cósmica
Sorprendente –por utilizar un término moderado– fue lo que ocurrió el pasado 2 de diciembre en el Cuartel General de la NASA en Washington DC. Durante los días previos no hubo medio de comunicación que no especulara con el contenido de la rueda de prensa que ese día se daría para anunciar “un hallazgo en astrobiología que tendrá gran impacto en la búsqueda de pruebas de vida extraterrestre”. Como es natural, las quinielas se dispararon. ¿Desvelaría la agencia espacial, al fin, pruebas contundentes sobre la existencia de vida en Titán, la gran luna de Saturno? ¿Ofrecería alguna importante noticia sobre aquel meteorito de origen marciano descubierto en la Antártida hace algunos años y sobre el que se especuló que contenía “fósiles” de bacterias alienígenas?
Antes del 2D solo unos pocos sabían la verdad y la callaron. La revista Science –depositaria última de las revelaciones que se iban a mostrar al mundo– había filtrado el contenido de la inminente conferencia de prensa a unos pocos, a cambio de su compromiso de confidencialidad. ¿A qué se estaba jugando?
El caso es que cuando Felisa Wolfe-Simon, joven geomicrobióloga del Instituto de Astrobiología de la NASA, apareció en escena en la fecha elegida, las expectativas de la mayoría se vinieron abajo. Wolfe-Simon llevaba al menos dos años especulando en publicaciones científicas con la idea de que la vida puede desarrollarse también en el arsénico. Considerado un veneno incompatible con la vida, el arsénico jamás se incluyó en la lista de los seis elementos con los que sabemos se construye la vida: oxígeno, carbono, hidrógeno, nitrógeno, fósforo y azufre. Pero Wolfe-Simon ha conseguido que un grupo de gamaproteobacterias comunes comenzaran a alimentarse de ese elemento en lugar de fósforo, abriendo un insospechado camino para redefinir qué es vida.
Que un veneno entre en el Olimpo de los ladrillos de la vida es una noticia impresionante. Al menos quiere decir dos cosas: la primera, que habrá que depurar la búsqueda de signos vitales en el Universo teniendo en cuenta que los extraterrestres pueden desarrollarse en entornos hasta ahora considerados inhabitables. Y segunda, que cuanto más avanzamos en nuestro conocimiento de la materia, menos sabemos de ella y de sus leyes.
Lo ocurrido en la NASA decepcionó solo a quienes esperaban un anuncio más contundente, más efectista. A mí, en cambio, me hizo sonreír de oreja a oreja. Era un mazazo –uno más– a tanto falso científico que todavía dogmatiza sobre lo que muchos ya creemos un hecho: que la vida no es una excepción terrestre, sino una norma cósmica.
Geografía mágica
Hubo un tiempo en que hombres y mujeres se sabían parte de la Tierra. De ella habían salido y a ella volverían cuando su tiempo hubiese acabado. Ella los alimentaba con sus frutos, les daba cobijo en sus oquedades. Pero un día los hombres comenzaron a sentir que la Tierra era algo que les pertenecía. La Tierra dejó de ser madre y se convirtió en patrimonio. Los hombres comenzaron a pelearse por ella y se dividieron. Las tierras también. Aparecieron los clanes, las naciones. Las montañas y los ríos que antes sirvieran para mirar el horizonte o para beber se convirtieron en fronteras, límites que separaban mi tierra de tu tierra, mi país de tu país. La Tierra, molesta, engendró gigantes. Estos hijos de Gea, airados por la afrenta cometida contra su madre, comenzaron a transformar el paisaje. Algunos tuvieron nombre griego, como Heracles, quien, para enterrar a la ninfa Pirene, muerta de amor, levantó una tumba de roca y nos separó de Europa. Luego, de un tajo, nos separó de África para siempre formando las Columnas de Hércules, el Estrecho de Gibraltar.
Resorte vital
Si tuviera que elegir un caso de premonición llamativo y reciente, uno de esos que parecen poner a prueba la capacidad crítica de los más escépticos, me quedaría con el de la “portada maldita” del grupo de rap estadounidense The Coup. Su historia dio la vuelta al mundo hace nueve años, ocupando un hueco más bien pequeño en las páginas de los periódicos de septiembre de 2001. Nadie se atrevió a darle más. Y es que su historia se las traía. En junio de aquel año, semanas antes de los atentados contra las Torres Gemelas de Nueva York, ese grupo de la América profunda encabezado por un músico de color contestatario llamado Raymond Riley, publicó su cuarto álbum –Party Music–, ilustrándolo con una imagen de su batería y él tocando ante los edificios del World Trade Center. La particularidad de la imagen era que las dos torres explotaban a sus espaldas mientras Riley apretaba un detonador. El músico, que se había ganado un hueco cantando canciones contra los políticos de su país, se asustó. La portada de su disco –concebida como una provocación contra uno de los grandes símbolos del capitalismo– resultó tan parecida a las desgarradoras y posteriores imágenes de los atentados del 11-S que decidió retirar el CD de la circulación y relanzarlo meses más tarde con una portada nueva.
¿Qué fue aquello? ¿Una casualidad? ¿O una premonición en toda regla?
Casi una década después del lanzamiento de Party Music me inclino sin rubor por la segunda opción. Cada vez que un acontecimiento decisivo como aquel tiene lugar –y me refiero a hechos que implican sufrimiento e impacto emocional–, hay algo que se desencadena en ciertos cerebros, como si los advirtiera del peligro. Es como si percibieran antes que la mayoría una señal invisible de alerta que les hiciera soñar con la catástrofe, “obligándoles” a expresarla al mundo de muy diversas maneras. The Coup, grupo de tendencia marxista y antisistema, canalizó ese “bip” inconscientemente, volcándolo en su portada y en la letra de canciones como Cinco millones de formas de matar a un ejecutivo. Brutal, sí. Políticamente incorrecto, también. Pero, sobre todo, desconcertante.
Este mes, la portada de MÁS ALLÁ se centra en este fenómeno tan común como incomprendido. Experimentada de un modo u otro por una de cada dos personas, la impresión de adelantarse al tiempo parece formar parte de esa lista de “habilidades ocultas” de nuestro cerebro sobre la que no son capaces de ponerse de acuerdo los neurocientíficos. Lo que proponemos es que saquemos de la categoría de anécdotas episodios como el vivido por The Coup y los consideremos asuntos dignos de investigación. El día que lo hagamos estaremos más cerca de comprender por qué el ser humano es tan especial, tan único, y dispone de esos resortes que solo saltan cuando su vida, o la de los suyos, se ve amenazada.
Psicofonías: la física del espíritu
No nos engañemos. Lo que nosotros conocemos por “transcomunicación” era ya practicado, según Proclo, en determinados ritos de la Teurgia, donde los teléstatas, convencidos de la existencia de una inteligencia superior, construían autómatas y estatuas para comunicarse con esas realidades intangibles ocultas tras la aparente “nada”.
El factor Lucifer
Que el ser humano siente una irresistible atracción por lo prohibido y oscuro no es algo nuevo. Todos los libros sagrados condenan esa tendencia y advierten que en ella se encuentra la raíz de nuestras desdichas. Sin embargo, semejante reprobación obvia subrayar lo más importante. Algo que la psicología evolutiva lleva décadas estudiando y sometiendo a reflexión: de no ser por ese deseo irrefrenable de asomarse al abismo, de husmear en lo maldito, nuestra especie no ocuparía el lugar que se ha ganado en el Universo. No es, en modo alguno, aventurado llamar a esa actitud el “factor Lucifer”. Etimológicamente ese nombre quiere decir “el portador de la luz”, “el que ilumina”, y aunque el cristianismo se ha ocupado de mezclarlo hasta la confusión con la figura de Satanás –el Mal en estado puro–, el arquetipo que se esconde tras esa figura es bien distinto. Lucifer –como buen remedo del Prometeo clásico– es, según comentaristas judíos y cristianos, el ángel encargado de velar por la Tierra y aquel que un día se rebela contra Dios porque ve justo compartir la luz del conocimiento con la criatura humana. Tentando a Eva –otro arquetipo, que simboliza nuestros orígenes como especie– consiguió que nuestros ancestros consumieran la fruta del Árbol de la Ciencia y acertaran a formularse sus primeras preguntas. De algún modo, fue él quien, según el muy ambiguo relato del Génesis, nos sacó del ensimismamiento del Edén y nos obligó a pensar. Y con ello, como si de un imprevisto efecto secundario se tratase, nos trajo la maldad.
Como sucede con otros relatos esenciales de nuestro pasado –como el del Diluvio Universal, por ejemplo–, los mitos que aluden a una humanidad primigenia que no tenía ni la necesidad ni el deseo de avanzar se encuentran por doquier. En la biblia de los mayas-quiché, el Popol Vuh, se menciona cómo los dioses crearon al principio un ser humano que era casi tan inteligente como ellos mismos. Fue entonces cuando se asustaron. En aquel prototipo no se adivinaba el buen esclavo que querían construir, así que decidieron recortar sus dones y vulgarizarlo. Aquel proceso de entorpecimiento fue largo, hasta que finalmente dio paso a lo que somos. Los dioses, pues, nos robaron la inteligencia, la fortaleza y la inmortalidad que nos concedieron en un primer momento. Logros, todos ellos, que todavía anhelamos.
En el otro lado del mundo, los sumerios mencionan con pavor al dios Enlil, una criatura furibunda que, llegado el momento, también busca nuestra exterminación. Su hermano Enki, sin embargo, se apiada de nosotros y nos advierte de los planes genocidas de su divino hermano. En el Enki sumerio se encuentra la misma pasión de Lucifer por darnos el conocimiento. Idéntica, por otra parte, a la que encontramos en la miríada de “dioses instructores” que pululan por los relatos más viejos de la Humanidad. Lo curioso es que tras ellos emerge un cierto sinsabor: que fue esa instrucción la que nos trajo el mal. Como si conocimiento y perversidad fueran ineludiblemente de la mano.
Muchos llevamos generaciones resistiéndonos a aceptar ese axioma. El saber no equivale al mal. En todo caso nos acerca a esos creadores hoy olvidados, no exentos tampoco de su lado oscuro. Como si luz y sombras fueran parte intrínseca e inseparable de este Universo.
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Monográfico
Horóscopos 2011
Un trabajo elaborado por Julio Antonio López, astrólogo de MÁS ALLÁ y uno de los más prestigiosos expertos en esta materia de nuestro país.
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